Historia de Fe: Cuando lo busqué sin conocerlo y Él nunca me soltó
Una niña que ya hablaba con Dios sin saber quién era
Hay recuerdos que no se explican… solo se sienten.
Crecí rodeada de una espiritualidad que no entendía, pero que de alguna forma me tocaba. Mi abuelita Mecho, que en paz descanse, era una mujer profundamente devota a la iglesia católica. Recuerdo su urgencia constante porque mi papá nos llevara a misa los domingos, porque tomáramos clases de catequismo, porque conociéramos a Dios.
Yo no entendía nada… pero algo dentro de mí sí entendía que había algo más.
Desde pequeña sentí a Dios de una forma especial, pero también crecí en medio de una infancia disfuncional, con muchos retos emocionales. Presencié abuso de poder dentro de la estructura familiar, crecí fuera del matrimonio, y eso, aunque uno sea niño, lo siente… lo carga… como una etiqueta invisible.
Me sentía sola.
Y en medio de esa soledad, aunque no sabía orar, aunque no conocía la Biblia, aunque no entendía quién era Dios… yo le hablaba.
Le pedía fuerza. Le pedía compañía. Le pedía que me ayudara a soportar lo que vivía.
No lo conocía… pero ya lo estaba buscando.
Una siembra que no entendí en su momento
Ese esfuerzo de mi abuela sembró algo en mí.
Despertó una curiosidad, una hambre espiritual que yo no sabía nombrar. Yo era la única de mis hermanos que quería ir, los demás estaban en otra etapa, en otra edad, en otra realidad. Yo era la más pequeña… y también la más necesitada.
Pero de repente, dejamos de ir.
Y aunque ese espacio desapareció, algo quedó vivo dentro de mí.
Recuerdo a mi papá… no era un hombre que yo viera metido en la iglesia, pero lo veía en el baño leyendo su Biblia. Y eso me causaba algo… una emoción rara, como una mezcla de curiosidad y desconcierto.
Un día, cuando él no estaba, agarré ese libro.
Y no entendí nada.
Parecía escrito en otro idioma, como si fueran letras de otra civilización. Pero aun así… había algo ahí.
Siempre hubo algo ahí.
Buscar en medio de la confusión
También tenía una tía, una mujer muy entregada a Dios, pero su forma de vivirlo me causaba ruido. No entendía su transformación, su forma de vestir, su manera de vivir su fe. Y en vez de acercarme… me alejaba.
Y así, poco a poco, la vida nos fue alejando de todo eso.
A los 10 años, ya estábamos completamente desconectados. La vida para mis padres se complicó, y yo me fui alejando también. Pero había algo que nunca cambió:
En los momentos de soledad… yo volvía a Dios.
Sin conocerlo.
Sin entenderlo.
Pero sabiendo que estaba.
Cuando el dolor te empuja a buscar
A los 16 años, me fui a vivir con mi mamá.
Después de años pensando que ella no me quería, enfrentar esa nueva realidad fue devastador. Separarme de mi papá, de mis hermanos, adaptarme a una nueva familia… me rompió por dentro.
Y en medio de ese dolor, sentí una necesidad profunda:
Necesitaba a alguien que entendiera mi corazón… que no estuviera manchado por traumas, por historia, por versiones.
Alguien que simplemente me viera.
Y ahí… recordé a Dios.
Volví a hablarle. Volví a pedirle que me acompañara, que me diera fuerzas.
La mamá de mi padrastro era una mujer evangélica, profundamente devota. Y algo en su espíritu me llamaba la atención. Ella oraba, nos hablaba, nos aconsejaba… una mujer sabia, sufrida, pero llena de una entrega que no se puede fingir.
Ella también fue parte de esta historia.
Busqué en muchos lugares… pero no encontraba a alguien
Mi camino siguió… y seguí buscando.
Llegué a Puerto Rico con una prima y fui a una actividad en un estadio lleno de gente. Me mareé de ver tanta gente. Eran los Testigos de Jehová.
Me gustaban. Eran estudiosos, estructurados, tenían un enfoque muy catedrático. Me quedé aproximadamente un año estudiando la Biblia con ellos.
Pero, honestamente… no estaba conectando con Dios como mi corazón lo sentía.
Había muchas prohibiciones. Recuerdo cuando me dijeron que no aceptaban transfusiones de sangre… y yo de niña casi muero si no fuera por eso. Eso me impactó.
También tenía un noviecito, y sutilmente me dijeron que si no estaba dentro de la congregación, no era bueno mantener esa relación.
Eso me dio miedo.
Y también el tema del infierno… no entendía cómo el mismo Dios al que yo le pedía ayuda podía tener un plan de condenarme eternamente.
Así lo veía yo… con 17 años.
Y me alejé.
Cuando conviertes a Dios en todo… menos en alguien
Después de eso, empecé a explorar otras corrientes.
Entré en el hinduismo, en Brahma Kumaris. Me gustaba porque me llevaba a estados de meditación, sentía paz en medio del caos. La comunidad era bonita.
Pero cuando oraba… no sentía que alguien me respondía.
No había relación.
Luego vino el budismo, más ligero, más adaptable. Después la ley de la atracción… donde todo era sobre mí, sobre mi control, sobre mi poder.
Dios dejó de ser Dios… y pasó a ser universo.
Pero en ese proceso, aunque tenía momentos de paz… me sentía profundamente sola.
Porque en el fondo, yo no necesitaba solo paz… necesitaba compañía.
Un aliado espiritual.
Y aunque lo buscaba… no lo encontraba.
El día que me rendí completamente
Hasta que llegó el momento más fuerte de todos.
Enfermé.
Mi cuerpo estaba débil. Mi mente agotada. Mi espíritu… sin fuerzas.
Y una noche, le dije a Dios algo que nunca había dicho antes:
“Ya no puedo más.”
Le dije que si mi cuerpo ya no servía, que me llevara. Que mis hijos estaban bien. Que todo iba a estar bien. Que me sacara de ese dolor.
Recuerdo que me daban un medicamento para la náusea que me hacía dormir… y me encantaba porque era como desconectarme del cuerpo.
Esa noche pensé: este es el momento.
Mi mamá me vio desesperada y me dijo: “pon esa música de Dios que te gusta y relájate.”
Lo hice.
Llegó la enfermera. Me pusieron el medicamento. Cerré los ojos… y me fui.
Pero no fue oscuridad.
Fue paz.
Una paz tan profunda que no se puede explicar. Una rendición total. Como si hubiera entregado mi alma y alguien la hubiera recibido.
Y al día siguiente… desperté.
Pero no igual.
Tenía ganas de vivir. De comer. De ver a mis hijos. De sentir el sol. De abrazar a mi esposo.
Algo había pasado.
Dios no me llevó… me devolvió.
Dios se empezó a revelar en lo simple
Después de eso, empezó mi verdadero proceso.
Una comadre me regaló un librito de devocionales. Me aferré a él. Personas empezaron a orar por mí. Gente que ni sabía quién era… oraba por mí.
Y ahí entendí algo que cambió todo:
El poder de la oración es real.
Pero no cualquier oración… una oración con intención, con amor al prójimo, dirigida a nuestro Creador.
Ese es el lenguaje que Dios escucha.
Ver a Cristo en la gente
Mi recuperación no fue fácil.
Salí de la clínica después de 35 días, pesando 103 libras, completamente descompensada. Nada me caía bien. Probé dietas, procesos, luchas.
Hasta que me fui al campo.
Cinco días.
Sol. Tierra. Caminar descalza. Personas que nos traían frutas, víveres, que nos cuidaban.
Y ahí lo entendí:
Qué mejor forma de ver a Cristo… que a través de las personas.
Ahí sanó algo en mí.
Entendí la belleza de lo imperfecto. La misericordia. La bondad.
Entendí que Dios no se limita a un lugar… se manifiesta en el amor.
Donde finalmente lo encontré
Después, en una feria de bienes raíces, conocí a alguien especial. Ella vio mi lucha… y me invitó a un grupo de oración llamado Preciosa.
Fui.
Y ahí… algo nació.
Me sentí conectada. Amada. Comprendida. Sin culpa. Sin juicio.
Y a través de la adoración, encontré mi lenguaje con Dios.
Siempre me encantó cantar… pero ahí entendí que la adoración es más que música. Es encuentro.
Es donde mi alma y su presencia se entienden.
Hoy entiendo todo diferente
Hoy no busco aprobación en las personas.
Todo lo que hago… lo hago para agradar a Dios.
No desde la perfección… sino desde un corazón que quiere parecerse a Cristo.
Y sí, habrán días donde me aleje… pero también sé que Él me va a buscar.
Porque si algo entendí en todo este camino es esto:
Yo nunca estuve sola.
Dios siempre estuvo.
Referencias y contexto espiritual
Historias como esta reflejan algo que muchos han vivido antes. Augustine of Hippo escribió sobre su búsqueda en múltiples caminos antes de encontrar a Dios en una relación real. C.S. Lewis también describe cómo el encuentro con Dios muchas veces ocurre cuando dejamos de resistirnos. Incluso estudios del Pew Research Center muestran que muchas personas llegan a la fe a través de experiencias personales antes que por estructuras religiosas.
Citas bíblicas que refuerzan este mensaje
“Cercano está el Señor a los quebrantados de corazón.” Salmos 34:18
“Me buscarán y me encontrarán cuando me busquen de todo corazón.” Jeremías 29:13
“Venid a mí todos los que están trabajados y cargados, y yo os haré descansar.” Mateo 11:28
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